Alfonso Guerra es uno de los mejores urdidores de motes de nuestra historia reciente. Algunos le atribuyen haber bautizado a Zapatero como Bambi. Entre ellos, nuestro Raúl del Pozo, que publicó en su día A Bambi no le gustan los miércoles, sobre la aversión de Zapatero a enfrentarse a Aznar en la sesión de control. Guerra negó la autoría: «A los que me lo atribuyeron les quiero decir que tal vez no se equivocaron, pero desde luego no ha resultado un Bambi de peluche; más bien parece de acero», declaró en mayo de 2004 a El País.
El Baby Macbeth de Federico para Soraya Sáenz de Santamaría solo tiene parangón en el Carlos II vestido de Mariquita Pérez con el que el entonces látigo socialista despachaba a Soledad Becerril. Y no olvidemos víbora con cataratas para Tierno Galván.
Bambi Zapatero ha mutado muchas veces. De salir despeluchado en 2011, tras dejar a España en ruinas, a mostrar un rostro de acero cuando comenzó a posicionarse como adalid del madurismo. [Y eso que estaba presente cuando el Rey Juan Carlos tuvo que frenar a Chávez con su célebre: «¿Por qué no te callas?»]. A partir de entonces, Zapatero se reinventó como emisario de España ante los regímenes basura. Hoy se le considera uno de los pilares de la dictadura venezolana (junto al petróleo y el ejército) y, ahora, es el embajador de excepción de Sánchez ante la China de Xi. Otra dictadura cuyos métodos represivos ZP explica como una «peculiaridad cultural» que hay que respetar en nombre de la diversidad. La relación entre ZP y Sánchez no siempre fue buena. Hubo un tiempo en el que Sánchez reconocía a Guaidó y despreciaba a Zapatero por no saber afrontar la crisis de 2011. Pero las circunstancias y su hombre lo han arrinconado junto a lo peor de lo peor, que representa ZP. Además de los pactos del PSOE con los herederos de ETA y los supremacistas (los nacionalismos), España es ahora socio preferente de déspotas. La cancelación de los F-35, el empeño en mantener a Huawei en labores de inteligencia —pese al ultimátum de un mes de Estados Unidos— y las triquiñuelas para no aumentar el gasto en defensa parecen maniobras para apartarnos de las democracias occidentales y meternos en la liga de países donde la vida y la libertad valen poco. (¿Qué pasará cuando en 2040 China tenga 402 millones de jubilados?).
Solo hay una explicación para este empeño: que Bambi, en realidad, siempre haya sido un becerro de oro.

