En nuestro columnismo era un clásico la pieza primaveral en la que Manuel Vicent o Manuel Arias Maldonado arremetían contra los toros como resto cultural barbárico de nuestra sociedad, contestada por Fernando Savater desde el esforzado plano filosófico. La desaparición de la polémica indica que el asunto taurino está un poco de capa caída, con la notable excepción de la religión morantista y el impresionante documental del gran Albert Serra, que me tiene subyugado. Ello no quiere decir que, guardando las distancias y con el permiso de mis jefes aquí, no sea interesante recuperar la columna temática anual para acometer contra alguna arraigada costumbre de nuestro país que empieza a hacerse insoportable.
En los pueblos y ciudades hay cada vez más zonas donde se hace imposible ya no caminar, sino usar la calle como servidumbre de paso para entrar a tu portal o atravesar alguna vía que te ahorre unos minutos de trayecto. Ya saben de qué hablo: las terrazas. Su justificación ética podría estar, tirando de pedantería, en el presunto ser español que nos invita a hacer la vida fuera de casa. Pero, bien pensado, llevamos siglos haciendo la vida en la calle sin necesidad de tener que ceder a una actividad mercantil -y cada vez más molesta- casi todo el espacio público. Los ayuntamientos, que son quienes regulan el uso y disfrute de las terrazas, cobran sus buenos dineros de las licencias, pero desatienden la función de control e inspección en cuanto al espacio utilizado y el respeto de los horarios.
Vecinos insomnes por el ruido, caminantes expulsados de sus itinerarios y espectáculos alcohólicos a cualquier hora del día son algunas externalidades de una praxis económica que sería la expresión de nuestro modelo productivo. El espacio público pertenece a los ciudadanos, cuya etimología alude a una ciudad donde deben convivir unos habitantes que tienen libertad deambulatoria y unos bares con exigentes obligaciones laborales y ambientales. Pensar que el poder público más cercano va a hacer algo para poner límites al hedonismo veraniego es francamente utópico: habría una revolución que dejaría la toma del Palacio de Invierno en un pícnic. Mientras tanto, quédense con que hoy es viernes, fiesta de Santiago y esta, la columna de un amargado.

