La libertad tiene la cualidad paradójica de reducirse cuando se elimina a sus enemigos. El asesinato de Charlie Kirk lo demuestra con nitidez. Incluso aceptando -como concesión a sus detractores- que Kirk era un malvado fascista, la bala que lo mató no redujo el fascismo, sino el espacio donde las sociedades democráticas confrontan ideas. Lo que sigue a la muerte nunca es la paz ni la concordia: la violencia inaugura la dictadura del miedo o la ceremonia del caos.
Harían bien en recordarlo quienes, a ambos lados del Atlántico, han celebrado la muerte de Kirk como una sentencia kármica. Con la habitual pereza intelectual, repiten que Kirk era un racista, un misógino, un fundamentalista, y asumen que las balas son una respuesta adecuada a la palabra. No disimulan su problema con la libertad de expresión ni su romantización de la violencia.
Con descaro y emojis repiten que Kirk era un nazi, un término que ya no designa a un militante del nacionalsocialismo, sino a cualquiera que resulte molesto para la ortodoxia. No es un error: «nazi» no es un término descriptivo, sino operativo. Es una llamada a la acción, una licencia para matar, una absolución anticipada del agresor. ¿Quién puede sentirse culpable por eliminar a un nazi? El lenguaje allana el camino a la violencia y ofrece una coartada moral para los redobles de conciencia.
Es irónico que se hable de Charles Kirk como una víctima de su propio discurso de odio: a su asesino no lo radicalizaron las palabras virulentas de Kirk, sino las virulencias que se dirigieron contra él. Sí, las palabras tienen consecuencias, también las que señalaban a Kirk, a quien después de su muerte se sigue tratando como a un objetivo legítimo. No dicen abiertamente que mereciera morir, pero lo tratan como una máquina de odio que era urgente desenchufar.
Decíamos que la bala que mató a Kirk no reduciría el fascismo, sino los espacios de libertad; pero suponer que a los antifascistas de Twitter y postín les preocupa la libertad es mucho suponer. Uno sospecha que les seduce más la uniformidad que el pluralismo, y se sorprende de que siendo tan antiarmas disfruten tanto viendo tiroteados a sus adversarios. ¡Qué estúpido se siente uno dando consejos sobre cómo preservar una sociedad abierta a quienes hacen lo posible por cerrarla!

