Cuando, por distintas razones, un niño o niña no puede crecer junto a sus padres, necesita un hogar donde sentirse seguro, querido y escuchado. Ahí es donde entra el acogimiento familiar, con personas que abren su casa y su vida para acompañarlos durante un tramo del camino. No siempre es sencillo, pero sí profundamente transformador, tanto para quien acoge como para quien es acogido.
No hay una única forma de acoger, sino distintos tipos según cada historia y necesidad. Uno de ellos, y el que la ley considera prioritario, es el acogimiento en familia extensa o cuando son los propios familiares del niño o niña quienes asumen su cuidado. Esta opción permite que el niño o niña permanezca en su propio núcleo familiar, favoreciendo su arraigo y la reconstrucción de su historia de vida. “La ley nos marca que, ante una situación de desamparo, lo primero que debemos valorar es el acogimiento en familia extensa. Estar dentro de nuestra historia, cultura y raíces nos da protección. Pero no basta solo con el vínculo, hay que hacer una buena valoración del entorno familiar y poner siempre el foco en las necesidades del niño o la niña”, explica Gemma Galán, técnica especialista en acogimiento en familia extensa. Añade que, cuando se toma una decisión de este tipo, toda la historia familiar cambia. “Ser abuelo o tío es una cosa, pero convertirse en referente principal, como acogedor, es otra muy distinta. Aparecen emociones, conflictos de lealtades, diferencias generacionales… y necesitamos espacios para ponerles nombre. Acompañar durante esos procesos ayuda a que los niños y niñas vean las oportunidades como un apoyo en lugar de una amenaza”.
Lo cierto es que, a pesar de que exista un vínculo afectivo, los desafíos emocionales siguen presentes, de manera que el acompañamiento psicológico es clave para transitar este camino, tanto para los los niños y niñas como para las personas adultas que los reciben. Es el caso de Elisa, de 18 años, que fue acogida por su tía desde que nació. Para ella, la transición fue sutil, pero no por eso menos compleja: “Desde que nací vivía con mi tía, porque mi madre biológica también vivía con ella. Así que en realidad convivía con mis tíos y con mi madre. Mi situación fue complicada, pero no fue un cambio radical”, asegura.
Al principio creía que no necesitaba ayuda psicológica, pero hace un año se dio cuenta de que sus emociones le estaban rebasando. “Había sufrido bullying, tenía problemas personales… y sentía que muchos de ellos venían de mi historia con mi madre biológica. Me costaba confiar y pensaba que la gente solo iba a estar un momento y luego se iría. Al final solo puedes aceptar lo que sientes y aprender a gestionarlo”, dice.
