El admirado pensador italiano Alessandro Baricco nos dejó en la pandemia un librito corto, pero intenso y esclarecedor, como lo son todos sus ensayos. «Lo que estábamos esperando». Así lo tituló. En uno de sus capítulos, relataba que el psiquiatra Carl Jung recordó en una entrevista que había previsto el ascenso al poder de Hitler simplemente escuchando los sueños de sus pacientes en los años inmediatamente anteriores al advenimiento del nazismo. Los sueños estaban ahí. Esperando salir a la luz.
«Intentaba explicar con ello que la Historia a menudo es la conversión en acontecimiento de ciertas pulsiones del inconsciente colectivo». Por este camino, la pandemia -¿alguien se acuerda?- fue definida por el escritor italiano como una criatura mítica. El virus fue empujado violentamente desde el inconsciente colectivo a la superficie del mundo. Como si lleváramos años conjurándolo, el virus se manifestó. Y causó unos daños que hemos guardado cuidadosamente en las sombras de Jung.
La pandemia fue comparada con una guerra y tal vez por eso quizá era ineludible que a la pandemia siguiera la guerra, igual que el día sigue a la noche. Así lo está asumiendo la conciencia del mundo. Con total naturalidad. Por las grietas que dejó el virus en nuestro mundo acomodado se acabó colando la guerra, la barbarie, las matanzas, los drones asesinos, las bombas, las mutilaciones, el hambre, y las calamidades. Todo aquel horror que, si algún día no lejano nos parecía insoportable, ahora nos deja casi indiferentes. El aguante de las calamidades tiene sus límites. Hay que descansar de la barbarie. Es sencillo. Se apaga la tele y en paz.
Los sueños y las pesadillas alojadas en el inconsciente de los pacientes de Jung esperaban a un líder criminal sin saberlo. Esos sueños y pesadillas se han independizado del subconsciente y viajan ahora por la conciencia digital del mundo, sin esconderse ni disimular lo más mínimo. Al contrario. El mundo digital es la barbarie en estado puro.
La recuperación de la pandemia está siendo un «retornar desenfrenado» hacia un mundo sin reglas en el que los bárbaros presumen de serlo. Netanyahu presume porque puede. Porque nadie quiere frenar a los criminales de guerra. Porque, como dice Josep Borrell, los europeos hemos perdido el alma en los hospitales bombardeados y en los cuerpos inertes de los niños de Gaza que no tienen nombre.

