El día que mi madre entró en el final de su agonía, en un hospital de Madrid tan lejos de Palacios de Sanabria, mi padre me habló, con cara de angustia y tono de súplica. «Júrame que no la dejarás en Madrid, juráme que llevarás a tu madre a enterrarla al pueblo». Nunca se me hubiera ocurrido otra cosa, pero mi padre no se fiaba. Al fin y al cabo, yo había dejado el pueblo y sólo iba en verano, por lo que igual me daba por pensar que, total, tampoco era tan relevante dónde enterrar a mi madre. Para él, sin embargo, era la única cuestión de vida y muerte. Mi madre tenía que ser enterrada en el cementerio del pueblo, junto a su familia. Cualquier otra posibilidad era un sacrilegio. Y además en la tierra. Lo de la incineración, vale, pero para otros. Aquí todo el mundo descansa bajo la tierra. Como toda la vida de Dios.
La tierra, ésa era la única cuestión. La tierra labrada. La tierra helada. La tierra triste. La tierra dura. La tierra húmeda de la que brotaban árboles, frutos y fuentes. La tierra surcada por el arado y arrancada por la azada para sembrar el cereal, las patatas, las lechugas, los garbanzos, las cebollas.
La tierra. Lo único importante en Zamora y en España desde la antigüedad hasta mediados del siglo XX. La tierra del minifundio en la que un metro de finca, de prado, de cortina o de llata era la medida de la riqueza. De la única riqueza que se conocía por allí. El trozo de tierra donde caerse muerto.
Las expresiones recuerdan lo importante. «Tu padre siempre miraba por el pueblo», me dicen. Y eso es lo más grande que te pueden decir. La tierra y el pueblo. Aún habiendo abandonado la agricultura de subsistencia, la tierra y el pueblo eran el único lugar que mi padre reconocía como su casa. El resto del mundo siempre fue para él un hotel de paso.
Mi padre nunca tuvo complejo por ser de pueblo. Yo sí. Decía que en las ciudades había «mucha tontería». Tampoco tuvo nunca una idea romántica, pastoral, ni bucólica de la vida en el campo. Sanabria no es un paraíso, ni el exquisito Ampurdán. Es una tierra dura, donde sobreviven heróicamente quienes defienden lo suyo y se quedan a proteger del fuego la casa y el ganado.
Estos días de infierno en la tierra de mis padres, y desde mi ecosistema, me he preguntado qué opinarían ellos de las cosas que se dicen sobre los pueblos. No puedo saberlo porque nunca estuve tan pegada a la tierra. Pero me puedo imaginar a mi padre mirándome con cariñosa ironía. «Pero, hija, ¿tú cómo has acabado en ese mundo?».

