La Unión Europea no termina este curso político triunfante, desde luego, aunque triunfalista sea el tono que por algún motivo la presidenta Von der Leyen se esfuerza en trasladar en todas y cada una de sus intervenciones. No hay demasiados motivos para ello. Llegamos al fin de curso en los mismos términos en los que comenzó: en la inconcreción y la aparente ausencia de rumbo. Se suman estos a otros problemas, algunos sobrevenidos y otros autoinfligidos, como la negociación arancelaria con Trump, que concluye con una imagen de claudicación y servilismo; la impasible inacción frente a la situación en Gaza, a la que ningún agente externo ha obligado y que hoy aleja a muchos que respetaban a la Unión como punta de lanza de la defensa de los derechos humanos; o, para los más cafeteros, la presentación de un Marco Financiero Plurianual que no satisface, de inicio, a nadie. Así que vayamos por partes.
Los europeos hemos asistido durante meses a un tira y afloja entre la Administración Trump y la Comisión Europea. El que se supone que es nuestro mejor aliado afirmó que la Unión Europea se había constituido para «fastidiar» a Estados Unidos. Una más entre las notorias y poco notables justificaciones –la mayoría de ellas infundadas– para emprender su guerra comercial con el mundo. Por supuesto, Europa estaba incluida.
El resultado de todo aquello ha sido un acuerdo comercial en el que, por norma general, los productos europeos entrarán en el mercado estadounidense con un arancel del 15%. Quedan exentos algunos sectores como el aeronáutico. Hay opiniones de todos los colores: Alemania está satisfecha porque salva los muebles frente a lo que podría haber sido una situación peor; Francia está descontenta porque considera que se tenía que haber sido más duro en las negociaciones; España acepta, pero «sin entusiasmo». En términos generales, puede considerarse razonable interpretar el acuerdo como el «mal menor», dado que los sectores más expuestos evitan el arancel del 30 % que se había propuesto, y que, en la mayoría de los casos, será el consumidor estadounidense quien asuma la mayor parte del coste.
Lo verdaderamente hiriente no han sido las cifras concretas del acuerdo. Se repite con razón que, en política, las formas importan. Y en este caso, la puesta en escena fue memorablemente desastrosa. Lo que piensen los británicos del hecho de que en Escocia Trump recibiera como anfitrión a Starmer es asunto suyo –aunque cabe suponer que no les habrá hecho ninguna gracia–. Sin embargo, lo verdaderamente humillante fue la imagen dócil, complaciente y servil que proyectó la delegación europea en ese encuentro. Para el recuerdo quedará la foto de los pulgares. No es baladí. Con esa puesta en escena se constata la no comparecencia de la Unión Europea como potencia en uno de los dos ámbitos en los que aún tiene algo que decir: el comercial. Una cosa es que se haga seguidismo en asuntos de defensa, otra bien distinta es arrodillarse en el primer asalto de un combate comercial que muchos temen que no termine aquí. Primero, porque a Trump aún le quedan tres años y medio de mandato; y segundo, porque la escena no la observamos sólo nosotros: también otros, como China, toman nota.
Más hiriente aún resulta la posición adoptada frente a la masacre de civiles, mujeres y niños en Gaza, y ante la terrible hambruna a la que están siendo sometidos. Cabe admitir que algunos de los motivos que explican esta inacción pueden parecer evidentes —aunque en ningún caso justificables—. Sin embargo, ante una situación que ha escalado hasta volverse inhumana, ni las reticencias tradicionales de ciertos sectores de la Unión Europea a expresar cualquier forma de apoyo a la causa palestina justifican hoy el grado de parálisis e impasibilidad institucional frente al mayor drama humanitario de nuestro tiempo.
Es cierto: Israel es el aliado más estrecho de Occidente en la región y atraviesa una situación extremadamente compleja –si no irresoluble–. Por mucho que, a nivel institucional y en los foros internacionales, se insista en la solución de los dos Estados, en el fondo sabemos que esa opción, hoy por hoy, es inviable. Ni los sionistas radicales aceptarán jamás la existencia de un Estado palestino, ni los islamistas radicales reconocerán nunca el derecho de Israel a existir sobre el territorio que antes ocupaba Palestina. Y, por ahora, son precisamente esas facciones extremas las que mantienen secuestrada la toma de decisiones en ambos bandos. También es cierto que una parte de Europa sigue sintiéndose moralmente responsable del Holocausto, y esa carga histórica termina por dificultar una mirada objetiva sobre lo que está ocurriendo hoy en Gaza.
Pero esa objetividad es necesaria y obligada. Y llega tarde. Es posible que algunos líderes alberguen la certeza de que la solución defendida por la comunidad internacional es inviable, y que no se les ocurra una alternativa realista. Pero eso no justifica la impasibilidad frente a lo que estamos presenciando: la destrucción sistemática de la infraestructura civil en la Franja, el asesinato de civiles atrapados en ratoneras disfrazadas de puntos de ayuda humanitaria, el sometimiento deliberado de la población a una hambruna cada vez más extrema, el uso reiterado de bombardeos en zonas densamente pobladas y el bloqueo total de alimentos, medicinas y agua. Las fórmulas huecas del tipo deeply concerned ya no bastan en un contexto donde cada vez más voces hablan abiertamente de genocidio. ¿Dónde está la Europa que hizo bandera de los derechos humanos, el derecho internacional humanitario y del principio de proporcionalidad? ¿Dónde está la presión real, efectiva?
Con esto, la Unión Europea constata su segunda incomparecencia como potencia, al transmitir al mundo la imagen de una institución incapaz de aplicar los valores que predica en su nivel más básico, en función de quién sea el objeto. En este contexto, las consecuencias de la inacción trascienden lo moral, pues además contribuyen a socavar el papel de la UE como actor normativo global.
Por último –y aunque en este caso menos importante–, otro síntoma del desconcierto general: la propuesta del Marco Financiero Plurianual 2028-2034. Se trata del principal instrumento presupuestario de la UE, el que marca el rumbo político y económico para los próximos siete años. Es cierto que lo recién presentado es solo el punto de partida de una negociación larga, y que el resultado final probablemente distará mucho del texto inicial. Pero, aun así, el documento presentado por la Comisión ni entusiasma ni convence a nadie. No logra reunir un bloque sólido de apoyo ni entre los Estados miembros ni en el Parlamento.
No sorprende: a las posibles reticencias técnicas se suma una opacidad preocupante sobre el modo en que se distribuirán los fondos. Esto se debe a que el borrador presentado descompartimentaliza el MFP, fusionando partidas en una operación que recuerda a la distribución de carteras en el Colegio de Comisarios realizada por Von der Leyen: entremezclar competencias para asegurarse la última palabra en los asuntos principales. Es decir, la inconcreción como ingrediente para la discrecionalidad, sumada a la propuesta de estatalización de la ejecución presupuestaria, en un movimiento que aleja a la Comisión de la senda federalista.
Así pues, termina el curso político europeo. Por supuesto, no todo es gris y hay que tener en cuenta que la legislatura apenas ha comenzado. Pero cerramos este ciclo con la incómoda sensación de que se ha hecho mucho ruido y se ha avanzado poco. La maquinaria institucional ha funcionado, pero sin un motor político que marque la dirección. Con una presidenta de la Comisión que parece seguir más el manual del equilibrista que el del estadista: esquivando debates estructurales para no molestar a ningún Estado miembro y tratando de mantener la apariencia de unidad –necesaria, sin duda– aunque sea a base de silencios estratégicos.
Un fin de curso complicado para quienes defendemos la necesidad de seguir impulsando la integración europea y de generar un sentido común de pertenencia a Europa. No es poca cosa lo que está en juego en los próximos meses. Esperemos que los resultados nos lo pongan menos difícil que hasta ahora.
Gonzalo Martín Fernández es analista y consultor de asuntos públicos y presidente de Equipo Europa
