Los drones iraníes han conseguido profanar el corazón financiero de Dubai. Ayer por la mañana, un Shahed136 fue derribado muy cerca de la torre Burj Califa, símbolo del emirato, dejando una gran nube de humo visible desde el resto de la ciudad. Los restos del aparato cayeron sobre uno de los carriles bici del futurista centro de la ciudad. Minutos después, el humo se disipó, igual que el miedo y el estruendo y la gente que aún no se ha marchado siguió a lo suyo.
En esta guerra, un sólo dron puede convertirse en un arma disruptiva contra una de las economías más pujantes del mundo. En el día de ayer, el ejército de Emiratos Árabes Unidos tuvo que lidiar con siete misiles balísticos iraníes y otros 27 drones de varios tipos. Abu Dhabi, Qatar o Kuwait están sufriendo agresiones similares a diario sin que ninguno de ellos haya atacado a Irán. La promesa para los inversores era que Dubai no era como el resto de Oriente Próximo, pero ahora mismo están pasando las cosas que suelen pasar en Oriente Próximo.
En este contexto, hay una pregunta que mucha gente se hace: ¿por qué estos países, con una renta per cápita mucho más alta, no responden a Irán con su mismo juego? La razón principal se puede resumir en dos palabras: tienen miedo. Saben que no pueden ir a una guerra abierta con un país tan grande como Irán (y con un régimen tan dispuesto a morir matando) y además no se fían de que su principal socio, Donald Trump, fuera a ayudarlos y protegerlos en caso de conflicto total entre las dos orillas del Golfo Pérsico.
Para estas monarquías del Golfo el coste de una guerra con Irán sería mucho mayor que el de soportar ataques limitados sin responder. El emiratí suele ser un ciudadano orgulloso y muchos aquí llevan mal lo de no responder a esta agresión, pero a la vez saben que la mejor estrategia es ponerse de perfil y procurar que el daño sea el menor posible.
Por eso la respuesta está siendo contenida o través de aliados, nunca de forma directa. Hay varios factores que explican esa prudencia: la asimetría estratégica es uno de ellos. Irán tiene más de 85 millones de habitantes, un gran territorio y una estructura militar diseñada específicamente para guerras prolongadas en el Golfo. Es decir, el régimen de Teherán lleva décadas preparándose para esto.
Los Emiratos, Qatar, Bahrein o Kuwait son países pequeños, muy ricos pero con poblaciones reducidas. Sus infraestructuras -refinerías, puertos, aeropuertos, plantas de desalinización- están extremadamente concentradas, expuestas y son objetivos muy vulnerables para misiles, drones o sabotajes. Con poca munición, Irán les está haciendo mucho daño, porque destruye la confianza de los nuevos residentes y la narrativa de seguridad en la que se basa su proyecto para atraer talento e inversiones.
La segunda clave es la geografía del petróleo. La mayoría de las exportaciones energéticas del Golfo salen por el estrecho de Ormuz, que Irán ha bloqueado de manera violenta al atacar a 16 petroleros en lo que va de crisis. Incluso sin cerrarlo completamente, basta con las minas navales para paralizar el tráfico marítimo y disparar las primas de seguro. Para economías cuya riqueza depende del comercio global, eso es devastador.
El tercer factor es la guerra híbrida iraní. Teherán rara vez actúa de forma frontal. Utiliza milicias y aliados regionales -Hizbulá, los hutíes en Yemen o las milicias chiíes en Irak- para ejercer presión sin desencadenar una guerra convencional directa. Eso crea un escenario ambiguo donde es difícil justificar formalmente una declaración de guerra. Los países del Golfo no quieren tener que lidiar con ninguno de estos grupos.
El cuarto es la dependencia de Estados Unidos. Desde los años 90 la seguridad del Golfo se apoya en el paraguas militar estadounidense: bases, flotas y sistemas antimisiles. Los Emiratos o Arabia Saudí prefieren actuar dentro de ese marco antes que iniciar solos una escalada.
La quinta razón es la lógica económica de los propios Emiratos. Países como Dubai han construido su modelo sobre estabilidad, comercio global y turismo de lujo. Declarar la guerra a Irán dañaría directamente esa imagen y pondría en riesgo su papel como hub financiero y logístico.
Por eso la estrategia habitual de los estados del Golfo es una mezcla de disuasión, diplomacia y contención: compran enormes cantidades de armamento, refuerzan defensas antimisiles, buscan acuerdos tácticos con Teherán cuando es posible y dejan la confrontación directa en manos de potencias mayores.
En ese sentido, ahora estos países se encuentran ante una encrucijada. Sus dirigentes tienen dos salidas: o apoyan a EEUU para que elimine el foco de hostilidad, que es el régimen de Teherán, o tendrán que seguir conviviendo con él en el futuro en peores condiciones que lo han hecho hasta ahora. En ese sentido, algunos líderes se plantean hablar directamente con los iraníes para plantear una salida amistosa de la situación, al margen del volátil gobierno de Donald Trump. No son los únicos. El Financial Times publico ayer que Francia se plantea realizar ese mismo movimiento para que sus barcos puedan atravesar el estrecho de Ormuz, bloqueado desde hace siete días.
Anthony H. Cordesman, analista del Center for Strategic and International Studies (CSIS), asegura que «el equilibrio militar en el Golfo no se decide por el número de tanques o aviones, sino por la capacidad de Irán para usar misiles, drones y fuerzas irregulares para amenazar infraestructuras críticas y el tráfico energético».
Gawdat Bahgat, analista de la National Defense University, cree que «La economía de los Estados del Golfo depende de la estabilidad de las exportaciones energéticas y de las rutas marítimas, lo que hace que una guerra directa con Irán sea extraordinariamente costosa».
En la conversación pública de Dubai estos días la gente ha asumido que nos encontramos en el peor escenario posible, aunque para muchos el remover el avispero puede tener consecuencias inesperadas incluso ganando la guerra… Si cae finalmente el régimen de Teherán, ¿qué clase de gobierno puede sustituirlo? ¿Puede ser aún más hostil?
